Las consecuencias son muy numerosas y con frecuencia se nos suele advertir de los peligros para la salud de una vida cargada de tensiones y de prisas. Pero no siempre recordamos otros riesgos de tipo interno que afectan de manera profunda a nuestro sentido de la existencia. Y los podemos resumir de manera sencilla y metafórica señalando con qué facilidad perdemos nuestro centro, nos salimos del eje que debería ordenar y acompasar el ritmo de nuestros pasos, con arreglo a nuestras metas y objetivos, elegidos por nosotros mismos.
A veces las circunstancias vienen en nuestra ayuda y nos obligan a detenernos, nos quedamos a solas con nosotros mismos y no nos queda más remedio que volver a nuestro centro interior y escuchar. Es muy importante aprovechar oportunidades así para recuperar el centro y el equilibrio perdidos y volver a trazar la «hoja de ruta» de nuestras vidas, con el firme propósito de no desviarnos, por más que las infinitas distracciones reclamen nuestra atención.
Tener un centro nos ayudará a saber concentrar nuestras energías y jerarquizar nuestros esfuerzos con arreglo a lo que nos proporciona solidez y claridad en nuestras decisiones. Y el resultado de todo ello es la serenidad que produce el deber cumplido, tan diferente del atropellado desconcierto en que vivimos.
M.ª DOLORES F.-FÍGARES
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