Como las representaciones mentales, las palabras, las imágenes tienen tanta fuerza y capacidad para influir y condicionar nuestra psique, poco a poco la desconfianza empieza a instalarse en nosotros, como una actitud de autodefensa que hunde sus raíces en una inseguridad casi patológica. Nos sentimos amenazados y no nos permitimos que aparezcan en nuestro horizonte vital tantas cosas buenas como nos ofrece la vida cada día.
No podemos dejar de admitir, no obstante, la dificultad que representa seguir confiando cuando con mucha frecuencia la realidad es tozuda en mostrarnos motivos suficientes para la desesperanza o el desencanto. La falta de valores socialmente apreciados, el olvido de las virtudes clásicas de la lealtad, la generosidad, el deterioro de la convivencia no favorecen que aparezca el clima de confianza, tan necesario para que florezca la amistad, la colaboración, la capacidad para compartir sueños, ideales.
Precisamente por ello, vale la pena recuperar esos vínculos mágicos que nos unen a quienes caminan a nuestro lado por el camino de la vida. Dar nuestra confianza, como un regalo, a los demás puede multiplicar nuestras posibilidades de acción y realización, pues la ley de acción y reacción nos devolverá la confianza que actuará como un activador de muchas potencias que tenemos dormidas en nuestro interior. Descubriremos que, de la misma manera que podemos creer que tenemos motivos para desconfiar, también existen razones para confiar, en esa dialéctica constante que constituye el entramado de la vida.
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