Frente a estas pobres soluciones que además parecen inalcanzables, la Filosofía estoica nos propone ocuparnos de aquello que dependa de nosotros, una manera eficaz y sana de centrar nuestros problemas sobre nuestras propias capacidades de acción y de pensamiento, que siempre son mayores y más numerosas de lo que suponemos.
En ese contexto filosófico, sí depende de nosotros, de cada uno, ser mejores, más buenos, más sabios, como nos recomendaba el gran Marco Aurelio. Y podríamos añadir, más idealistas. Entendemos la palabra idealismo en sus varias acepciones, siempre que no la connotemos con despegarse de la realidad o directamente, vivir en las nubes, en el difuso territorio de las ideas o intenciones, casi de los sueños. El idealismo que proponemos se basa en las ideas, por supuesto, pero también en los ideales, es decir las grandes propuestas universales que hacen que la Humanidad evolucione y avance, como por ejemplo, los Derechos Humanos, sin ir más lejos y sus garantías, una de las más nobles metas a las que podemos aspirar. Es también un idealismo activo y práctico pues para hacer realidad los ideales, o al menos, para acercarlos a nosotros se requiere la acción y el esfuerzo constante, sustentado en un compromiso renovado cada día para sostenerlo en el tiempo.
Los avances de la Humanidad a lo largo de la historia llevan la firma de los idealistas, unos consagrados por la fama- casi siempre póstuma- otros anónimos pero igualmente eficaces. Descubrieron que vale la pena y da más felicidad trabajar por las causas nobles que hacerlo por el propio beneficio. Y pusieron en marcha las necesarias reformas, las indispensables transformaciones a través de su luminoso ejemplo. Lo demás son simples lágrimas que se llevará la lluvia, (recordando a Blade Runner).
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