Tener acceso a bienes materiales, comodidades, placeres produce una especie de encantamiento que puede llegar a adormecer la conciencia y asfixiar los anhelos del espíritu. Es lo que explica que la riqueza del mundo se acumule cada vez en menos manos, sin el menor atisbo de solidaridad, o sentido de la justicia para los que sufren los estragos de la miseria.
La crisis económica que azota a la mayoría de los países considerados del primer mundo está colocando a millones de personas ante la dolorosa experiencia de perder lo que se tenía, de no lograr alcanzar lo que se quiere. Y tales sacudidas están siendo una oportunidad para sopesar lo que de verdad tiene valor en la vida. No para todo el mundo, es cierto, pues como ya nos enseñó el Buddha, el apego a las cosas es la causa de nuestro dolor y cuesta desprenderse de lo que se tenía por valioso.
Estamos aprendiendo que la calidad de vida no debería medirse, como se viene haciendo hasta ahora, en función de los objetos materiales que se tienen, sino que se encuentra precisamente en la práctica de los valores espirituales. Que hay más felicidad en el sentimiento del deber cumplido, compartir ideales y proyectos con los demás, apreciar y cuidar la naturaleza y otras muchas experiencias que, una vez vividas, descubrimos que dejan en nosotros una huella luminosa de plenitud.
La búsqueda de la sabiduría, el encuentro con los maestros de la Humanidad, la reflexión sobre lo que necesita nuestro mundo para renovarse y mejorar, en resumidas cuentas, la práctica de la filosofía, no solo aportan calidad a nuestra vida, sino que le dan sentido.
Fuente imagen: Lifeder
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