Aparentemente parecen dos términos contradictorios, pues asociamos lo cotidiano a esos afanes, la mayoría de las veces rutinarios, relacionados con nuestra subsistencia o aquellas necesidades primarias que todos tenemos. Lo cotidiano tiene una connotación casi doméstica, de cortos vuelos, como si se opusiera a la grandeza de los momentos singulares, o a todo lo relacionado con las aspiraciones y los ideales.
Nuestros blogueros tratan de demostrarnos que no es así, sino que la vida cotidiana puede adquirir unas dimensiones insospechadas, a condición de incluir la filosofía en nuestras ocupaciones o inquietudes, es decir, la ancestral tendencia a hacernos preguntas, a buscar el sentido de las cosas, a querer para nuestra vida la satisfacción del cumplimiento del deber. Todo lo importante que nos ocurre se encuentra situado entre los episodios cotidianos, que son todos los días de nuestra vida. De nosotros depende el tono que demos a lo vivido, o la luz que reciba de nuestro interior. Las ocasiones para superar la aburrida monotonía rutinaria nos esperan cada día, en los recodos del camino que recorremos.
Esta filosofía cotidiana nos hace levantar el vuelo, por encima de las pequeñeces y los egoísmos que tanto limitan nuestra existencia. Es el hilo de Ariadna, que nos guía por el laberinto de la vida y nos ayuda a no perdernos en sus callejones sin salida. Nos hacemos acompañar de los sabios padres que ha tenido la Humanidad a lo largo del tiempo, seguros de que su sabiduría no tiene fecha de caducidad, sino que permanece brillante y cercana. Y destilamos lo aprendido en tantas lecturas, lo escuchado a compañeros de ruta. Es de agradecerles que estén dispuestos a compartir sus hallazgos.
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