Quien más, quien menos ha oído hablar de los agujeros negros, especie de objetos cósmicos, antiguas estrellas que al tener mucha masa en su origen se han colapsado sobre sí mismas, de manera que poseen un campo gravitatorio tan intenso que ni la luz puede escapar de él, por eso son negros, porque ni reflejan luz ni la emiten.
Aunque fue el best-seller científico de Stephen Hawking, Historia del tiempo, el que popularizó a los agujeros negros, ni mucho menos fue el primero en hablar de ellos. Ya en 1783 el astrónomo inglés John Michell sugirió la idea de que una estrella con suficiente masa generaría una fuerza gravitatoria tan intensa que la propia luz que emitiese sería absorbida de nuevo por ella. De ahí el nombre de agujeros negros, pues serían huecos negros en el espacio.
Pero, ¿cómo puede suceder que se concentre tanta masa en una estrella, de forma que produjese una fuerza de la gravedad tan fuerte? Para ello debemos tener en cuenta que la materia que vemos, tocamos, olemos y palpamos a nuestro alrededor es una ilusión sin apenas consistencia. Los átomos, partículas fundamentales de la materia, están formados por un núcleo, donde se halla concentrada el 99.9% de la masa del átomo, y en su exterior una corteza electrónica. Pero la corteza está situada lejísimos del núcleo, con lo que la mayor parte de éste sería espacio vacío. Para comprender esto, podemos imaginarnos el núcleo como un balón de fútbol, con lo que la corteza estaría situada a ¡unos 150 Km. de distancia, más o menos la distancia entre Sevilla y Córdoba! No es difícil entonces ver que lo que parece sólido y palpable, es decir, real, no es más que una mera ilusión causada por la repulsión de las cortezas electrónicas.
Y esto sólo en nuestro mundo cotidiano. Considerando el sistema solar, la distancia de los planetas entre sí es muchísimo mayor que sus tamaños relativos, y lo mismo sucede con la distancia entre las estrellas, entre las galaxias. En palabras de Sir James Jeans, otro astrónomo británico: Al pasar revista a toda la estructura del Universo, desde la gigantesca nebulosa y los inmensos espacios interestelares e internebulares, hasta la diminuta estructura del átomo, pocas cosas fuera de espacios vacíos pasan ante nuestra visión mental. Vivimos en un Universo sutil; modelo, plano y diseño abundan pero la sustancia sólida es rara. La aparente solidez de nuestro mundo cotidiano no es más que una ilusión de nuestra conciencia.
A partir de ahora vamos a realizar un viaje con nuestra imaginación a partir del ciclo vital de una estrella cualquiera. Las estrellas se forman por la acumulación de gas hidrógeno, debido a la fuerza gravitatoria que se ejercen los átomos entre sí. Conforme se acumula el hidrógeno, la estrella se va colapsando y cerrándose sobre sí misma, hasta que la presión gravitatoria sobre los átomos de hidrógeno es tan fuerte que al chocar los átomos entre sí tienen tanta energía que se provocan reacciones termonucleares interatómicas, emitiendo energía en forma de radiación. Por eso las estrellas emiten luz. Así se equilibra la presión de la gravedad con la fuerza de expansión generada por la reacción nuclear.
Pero el combustible del hidrógeno tarde o temprano tendrá que acabarse. Cuando se acabe, (paradójicamente se acaba antes cuanto más masiva sea inicialmente la estrella) la estrella comenzará a contraerse. Su destino final dependerá de la masa de hidrógeno que tenga inicialmente. Si la estrella tiene más o menos la masa del Sol, cuando se acabe el combustible la atracción gravitatoria será compensada por el principio de exclusión de Pauli, por el cual las partículas materiales tienden a estar lo más alejadas entre sí; (para los puntillosos, dos partículas materiales no pueden tener los mismos números cuánticos, por lo cual se mantienen lo más alejadas posibles). Si una estrella no es demasiado pesada, puede mantenerse en equilibrio entre la atracción gravitatoria, que tiende a contraerla, y el principio de exclusión que tiende a expandirla. La materia estará más concentrada que en nuestro habitual mundo, pero los átomos, aunque bastante más pequeños, todavía siguen existiendo. La estrella ha terminado como una enana blanca.
Si nuestra estrella es bastante más masiva que el sol, ni siquiera el principio de exclusión puede soportar el peso gravitatorio de la misma. El núcleo atómico y su corteza electrónica se funden mutuamente, apareciendo lo que se conoce como una estrella de neutrones. La materia se ha concentrado tanto que una cucharadita de café de la materia de una estrella de neutrones pesaría tanto como una montaña corriente. Claro está que los átomos ya han desaparecido, sólo queda una enorme masa apilada de neutrones.
Si la estrella todavía es más masiva, ni siquiera permanecería en ese estado de estrella neutrónica. Llegaría un momento en que la fuerza gravitatoria es tan fuerte que ni siquiera la luz podría escapar de ella, y en ese momento el destino final de la estrella sería el de un agujero negro. Naturalmente no podemos saber lo que ocurre en el interior de la estrella, ya que al no emitir luz tampoco podemos observarla.
Hemos visto como la materia original de la estrella (el gas hidrógeno) se ha ido concentrando cada vez más, de manera que poco a poco se ha perdido toda la organización atómica que tiene en nuestra realidad. Es materia que ha perdido el diseño, la forma, ya no tiene forma de átomo ni siquiera de pila de neutrones. Se ha convertido en materia amorfa, en estado puro.
Naturalmente en nuestro universo habitual la materia rellena la forma que ha sido previamente fijada. De ahí la existencia de átomos, combinaciones de átomos (moléculas), minerales, vegetales, planetas, estrellas… Sin embargo, en el interior de un agujero negro todo esto se ha perdido, quedando únicamente el sustrato amorfo, la materia.
Es muy interesante comparar los descubrimientos de la ciencia moderna con las antiguas tradiciones tibetanas recopiladas por H. P. Blavatsky en su obra La Doctrina Secreta. Esta autora recoge enseñanzas según las cuales en el Universo existen lo que ella llama unos puntos layas, es decir, zonas de materia en estado puro. Cuando estos puntos layas son “fecundados” por cierta clase de cometas, el punto laya comienza a desarrollarse dando nacimiento a un nuevo Sistema Estelar.
Para algunos lectores las líneas anteriores les parecerán simple ciencia ficción. No obstante hay una cierta similitud entre un punto laya y un agujero negro ¿no les parece? Quizás la ciencia moderna esté comenzando a descubrir que el Universo, como decían los neoplatónicos, es un inmenso Ser Vivo, regido en todas sus partes por las mismas leyes.
Bibliografía:
Historia del tiempo (Stephen Hawkings)
Apariencia y Realidad (Dr. Sri Ram)
Doctrina Secreta, tomo I – Cosmogénesis, (H.P. Blavatsky)
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