Introducción
Hay muchas ocasiones en que la vida se nos presenta como una apasionante partida de ajedrez. Nos encontramos ante el imaginario tablero del mundo, intentando ser precisas en cada uno de nuestros movimientos; tratando de no equivocarnos en las más arriesgadas decisiones, y deseando salir airosas de todas las dificultades. A veces vemos cómo se truncan nuestras jugadas más estudiadas; cómo la partida se nos pone a favor unas veces o en contra otras, pero también sabemos que, “el tablero” siempre nos ofrece nuevas posibilidades. Tampoco conocemos cuánto durará la partida y si sacrificaremos nuestras piezas más queridas. Pero más allá de la incertidumbre, percibimos la presencia inspiradora de Atenea, la diosa de las artes, la razón y la inteligencia. Ella nos observa desde lo más alto, con sus enigmáticos ojos verdes, alentándonos en los momentos complicados y recordándonos que en el juego de la vida, la inteligencia y la estrategia son dos armas fundamentales para obtener el triunfo.
Existen muchos juegos de mesa en los que se usan palabras, cartas, o tableros. Muchos de estos juegos son milenarios y los utilizamos hoy, como un mero entretenimiento mientras disfrutamos de la buena compañía familiar o de una sana competición entre amigos. Y es que lo lúdico, siempre ha estado presente en la vida del hombre. Se sabe que en Mesopotamia se conocían los juegos de mesa dos mil años antes de Cristo. En el antiguo Egipto se jugaba al Senet, del cual queda constancia en varias ilustraciones de la época. En la Grecia de Platón se nos describe un juego denominado Petteia, que exigía habilidad y entrenamiento.
Cuando jugamos esperamos que la diosa Fortuna nos acompañe, pues creemos que nuestro éxito o fracaso depende en gran medida, de dos factores importantes: Posibilidad y Suerte. Si bien, en nuestro mundo occidental hemos perdido el saber oculto que esconden muchos de estos juegos populares, y hoy los consideramos un pasatiempo que no necesita un alto grado de preparación, no ocurre lo mismo con los juegos estratégicos, donde además de disfrutar de nuestro tiempo de ocio, tenemos la posibilidad de desarrollar aptitudes como la concentración, la habilidad, el razonamiento, e incluso, la intuición. Este es el caso concreto de un milenario juego, el ajedrez.
Pero, ¿cuál es el origen de tan extraordinario juego?, ¿por qué ha despertado el interés de hombres y mujeres de todos los lugares y épocas? La versión más extendida apunta que es originario de la India y fue transmitido al Occidente medieval a través de los persas y los árabes. Sin embargo existe una referencia en la obra de Platón, “Fedro o del Amor”, que sitúa su origen en Egipto, atribuyéndole al dios Thoth su invención.
La primera referencia del Ajedrez que ha llegado hasta nuestros días aparece en el Vasavadatta, prosa Sanscrita del Romance y en el Mahabharata. Se cree que tiene un origen Brahamánico, pues el diagrama de 8×8 contenido en su tablero es de carácter claramente sacerdotal. Esto confirmaría que su origen no fue lúdico, sino más bien sagrado. A lo largo de los años las reglas y la forma externa de este juego han ido variando, pero la esencia de sus enseñanzas ha permanecido intacta.
Dicen los expertos, que los buenos jugadores de ajedrez, entre otras habilidades, adquieren la capacidad de saber aislarse del exterior, desarrollando una gran concentración acompañada de una buena dosis de inteligencia estratégica, o lo que es lo mismo, la capacidad de tomar decisiones con rapidez. El ajedrez es considerado un juego totalmente racional y exige una realidad de cálculo. Pero además de activar una mente lógica y calculadora, el buen ajedrecista necesita traspasar la barrera mental y desarrollar cierto grado de intuición. Éste es un hecho confirmado por los más grandes ajedrecistas de los últimos tiempos quienes han logrado derrotar a los modernos ordenadores de lógica aplastante.
En la India tradicional el juego del ajedrez era utilizado para cultivar la estrategia, una facultad necesaria para el gobierno y la defensa. Por eso siempre estuvo en estrecha relación con el arte de la guerra. Dos contendientes, dos ejércitos enfrentados entre sí, en los cuales destaca una jerarquía necesaria para el combate: un Rey que representa el Centro del juego; a su lado su consejero o Reina, y un Dios moviendo las piezas con inteligencia y no dejando nada al azar.
El filósofo siempre ha encontrado una clara similitud entre el ajedrez y la vida. Cada jugador tiene libertad para mover sus piezas siguiendo unas normas básicas y rigurosas, sin olvidar que sus movimientos no tienen vuelta atrás. El jugador puede elegir entre varias posibilidades y cada movimiento traerá una serie de consecuencias ineludibles, algo que recuerda la antigua ley del karma. La Victoria, no vendrá, pues, de movimientos ciegos y espontáneos, sino a través de una acción basada en el conocimiento de las normas y posibilidades y gracias a unos movimientos ejecutados con inteligencia. Simbólicamente, el ajedrez nos enseña que para vivir en plenitud la Vida debemos tener conocimiento de sus Leyes Universales, es decir, necesitamos aproximarnos cada vez más a la Sabiduría.
Atenea, diosa de la Sabiduría en Grecia, tiene en sí misma y en sus símbolos, facultades que se pueden relacionar con el simbolismo del juego del ajedrez.
El tablero
Es el lugar donde se desarrolla la trama del juego. Es una figura geométrica de cuatro lados iguales, un cuadrado, que representa simbólicamente el cuaternario o personalidad del hombre y el campo de acción de las fuerzas divinas. Es decir, que es en nuestro interior, donde se va a desarrollar la eterna lucha entre el bando de la luz y de las sombras.
El tablero queda dividido en una cuadrícula de 64 casillas, dentro de un diagrama 8×8. La misma construcción que posee el cuadrado mágico alquímico de Mercurio-Hermes, cuya función además de instructora y educadora, era Iniciática. Esta división (en geometría sagrada, son dos cuadrados superpuestos), muestra el Cosmos en todas sus posibilidades junto con las fuerzas que operan en el Universo y en el hombre. El 8 simboliza el Movimiento Eterno y la espiral de los ciclos.
Si por otra parte aplicamos la reducción Teosófica al número 64 (6+4) obtenemos 10 (1+0=1), es decir que bajo la realidad ilusoria de 2 (dos ejércitos, dos colores) se esconde la Unidad.
La armónica alternancia de los colores blanco y negro en el tablero, nos muestra la manifiesta complementación de los opuestos del Universo. Así en el ajedrez aprendemos que la luz y las tinieblas, el día y la noche, el bien y el mal, se oponen pero también se complementan, porque uno no existe sin el otro. Existe un significado de orden metafísico en los colores blanco y negro, siendo el blanco el color de lo manifestado y el negro de lo no-manifestado.
El juego
Dos ejércitos, Devas y Asuras han de disputarse el tablero del Mundo. Un ejército blanco, el cual simboliza la Luz, entra en combate por un principio: el espiritual; el ejercito negro, simboliza las tinieblas en el hombre. El cometido y simbolismo del ajedrez nos hace recordar las batallas relatadas en el Baghavad Gita, cuando los Chatrias o Guerreros, luchan a favor de la parte divina del hombre.
El rey
Es el Sol, el corazón, la Ley y el orden, representante divino sobre la Tierra. A semejanza de las batallas tradicionales, el propósito final del juego es cercar al Rey enemigo, pues la muerte de este significa la victoria. El término “Jaque Mate” con el que se da termino a la partida deriva del persa “Shamat”, “El Rey está perdido”. Alcanzar al Rey, (el Centro) es sinónimo de dejar atrás el laberinto de los sentidos, de acabar con el mundo de la ilusión. El vencedor, por tanto, se hace con la supremacía del Mundo Superior. Curiosamente, el escaso movimiento de esta pieza sobre el tablero tiene su simbolismo: El Rey al estar manifestado en la materia ve limitados sus movimientos.
El Rey en el mito de Atenea, es su padre Zeus, de joven destronó a Cronos (Saturno), y venció, junto con sus hermanos y con los Cíclopes, a los otros Titanes y a los Gigantes. Con esa triple victoria se afirmó su poder como señor absoluto del mundo y cerró el ciclo de las divinidades tenebrosas, de las fuerzas desordenadas que, como Cronos –el Tiempo– todo lo corrompen y destruyen. Para los filósofos, su triunfo simboliza la victoria del Orden y la Razón sobre los instintos y las pasiones.
En las leyendas más antiguas, Zeus es descrito como el más joven de los Cronidas –hijos de Cronos– a quien en el reparto del mundo cupo el dominio del cielo y la responsabilidad de los fenómenos atmosféricos.
Es él quien abre a los hombres el camino de la razón y les enseña que el verdadero conocimiento sólo es obtenido mediante el dolor. Pero no asiste impasible a los sufrimientos humanos; al contrario, se compadece y hasta sufre por ellos. Sólo que no se deja llevar por las emociones, pues es la imagen de la justicia y de la razón. Sabe que no puede intervenir en las decisiones personales: cada cual debe vivir solo la propia experiencia. Se limita a premiar los esfuerzos sinceros y a castigar las impiedades.
La reina o consejero
Es un potente símbolo de poder y feminidad. En la guerra el Rey contaba con un Consejero para planear la estrategia. En la versión europea, el Gran Visir fue sustituido por la imagen de la Reina. La unión entre el Rey y la Reina simboliza el equilibrio y la armonía.
Palas Atenea, diosa de los guerreros victoriosos, lo es porque en su nacimiento aparece armada y dispuesta para su misión. Nace directamente del cráneo paterno. Atenea presidía las batallas, pero solo para conducirlas a la victoria y a través de la victoria a la paz y la prosperidad. Cuando la guerra había sido librada y la paz establecida, es entonces cuando la Diosa Atenea reina en toda su gentileza y pureza, enseñando a la humanidad a disfrutar de la paz e instruyéndola en todo lo que da belleza a la forma humana, en la Sabiduría y el Arte.
Antes del comienzo de la batalla, los guerreros sienten su presencia inspiradora, deseando probar su heroísmo. La diosa, sacudiendo su temible égida, corre a través de los grupos llamados a las armas. En un momento habían aplaudido con júbilo la idea de volver a la patria. Ahora la olvidaron por completo. El espíritu de la diosa hace estremecer todos los corazones en furioso ardor bélico.
Lo que Atenea muestra al hombre, lo que inspira y quiere de él es la audacia, la voluntad de vencer y la valentía. Pero todo esto no significa nada sin la prudencia y la claridad ilustrada. De estas virtudes se origina la hazaña y se completa la esencia de la diosa de la victoria. La luz de Atenea brilla no sólo para el guerrero en la batalla. Allí donde se den hechos notables, y se consigan luchando a través de la acción y del heroísmo, ella está presente.
Atenea es ante todo guerrera por excelencia. En este sentido se opone a Ares, dios de la furia irracional, que lanza al hombre contra el hombre en un furor asesino. Frente al poder ciego del hijo de Zeus y Hera, Atenea simboliza la justicia en y para el combate, Atenea es la razón que domina el impulso.
El alfil o el elefante
En sus orígenes esta pieza era representada por un elefante “pil”, y en ocasiones tenía forma de colmillo, aunque no debemos olvidar que para los orientales el elefante era símbolo de Sabiduría. El movimiento diagonal del Alfil, siempre siguiendo casillas de un mismo color, simboliza la continuidad existencial y la lealtad hacia las reglas.
A veces se representa como una columna, ella es el soporte: representa el eje de la construcción y liga sus diferentes niveles. La columna con su capitel simboliza el árbol de la vida. El árbol por otra parte ha dado forma a la columna. “La inmensa mayoría de las columnas egipcias, por ejemplo son una transposición en piedra de los soportes vegetales, troncos o haces de tallos que bastaban antiguamente para soportar los techos de madera.
En arte grecorromano había también, columnas votivas y triunfales. Destinadas a conmemorar ofrendas solemnes, se entregaban tras los acontecimientos importantes, como grandes victorias y servicios insignes, y llevaban una dedicatoria. Los romanos elevaron grandes columnas triunfales, en honor de un hombre o una hazaña.
La torre o el carro de combate
Las piezas utilizadas por los árabes, incluían carros de guerra, los cuales fueron sustituidos en occidente por Torres. Su movimiento rectilíneo, atraviesa indistintamente las casillas blancas y negras, y está en relación con lo viril y masculino. Si observamos la posición de las torres en el tablero, una en cada ángulo de este, nos muestra un tablero con apariencia de castillo con cuatro torreones. Porque la verdadera batalla está dentro de nosotros, de nuestro propio Castillo Interno. El castillo es símbolo de fuerza y poder, de protección y sustento, donde se unen lo masculino y lo femenino.
La construcción de una torre evoca inmediatamente la puerta del cielo, cuyo fin es restablecer mediante un artificio el eje primordial roto y elevarse por el hasta la estancia de los dioses.
En las construcciones militares, la torre era un símbolo de vigilancia y ascensión.
Las torres de la Edad Media podían servir para acechar eventuales enemigos, pero poseían también un sentido de escala: relación entre cielo y tierra, que comprendía diversos grados. Cada piso de la torre señalaba una etapa en la ascensión. Fijada sobre un centro (centro del mundo). El atanor de los alquimistas toma la forma de una torre para significar que las transmutaciones perseguidas en sus operaciones van todas en el sentido de una elevación: del plomo al oro, y en el sentido simbólico de la pesadez carnal a la espiritualización pura.
La virtud platónica de la fortaleza, está representada como una joven que lleva en sus manos una torre. La diosa egipcia Neftis lleva una torre en la cabeza.
El caballo o el caballero
Representa a la caballería en un combate. De hecho esta pieza es llamada Caballero en todos los idiomas salvo en el español. La forma actual del caballo se la debemos a Fidias, un insigne escultor de la Grecia antigua. Fidias elaboró dibujos detallados de cabezas de caballos, los cuales se han usado como modelos para la pieza actual. Los saltos del caballo, alternando un color u otro, en forma de L, son símbolo de ritmo e intuición.
Atenea lleva dos caballos alados, uno a cada lado de la esfinge, en el centro superior del casco. El caballo no es un animal como los otros, es la montura, el vehículo, el navío, y su destino es inseparable del humano.
Los caballos alados como Pegaso, representan no la fusión de los dos planos de arriba y de abajo, sino el pasaje, la sublimación del uno al otro. Pegaso lleva un rayo a Zeus, que representa al Sabio Iniciado.
Atenea suele llevar en su casco penachos y colas de caballo, en la antigüedad se consideraba que el cabello del hombre y el pelo de los animales era receptáculo y retenedor de la esencia vital que con frecuencia se escapa con otras emanaciones del cuerpo. Está estrechamente relacionado con muchas de las funcione cerebrales, por ejemplo la memoria. Atenea llamada también Escenias, la vigorosa, Hippia, pues enseñó al hombre a domesticar a los caballos,
El peón
Los peones son la tropa ligera y ocupan la primera línea de combate. Representan el sacrificio, pues no dudan en exponer sus vidas para defender la integridad de piezas de más valor en pos de la Victoria. Representan al hombre común que intenta atravesar en el tablero los 7 grados de iniciación para alcanzar la octava casilla como meta del Iniciado. Una vez allí tiene la posibilidad de volver al “tablero de juego” a ayudar a sus hermanos. Este simbolismo, nos recuerda el Mito de la Caverna platónico, donde aquel ser humano que tiene la oportunidad de escapar del ilusorio mundo de la caverna, una vez alcanzado su objetivo, tiene el deber de regresar a la oscuridad de la caverna para ayudar a sus compañeros. El mismo objetivo que el peón del ajedrez.
Atenea escogió a la lechuza, porque esta ave ve en la oscuridad de la noche, y la diosa quiere que el hombre sabio vea las cosas en profundidad, por escondidas que parezcan, la lechuza esta apartada en lugares solitarios, y así debe de hacer el hombre que quiere adquirir sabiduría, concentrarse “aislarse” de las cosas externas. La lechuza representa a la filosofía, dicen que Atenea la prefirió a la charlatana corneja, para evitar que los hombres no confundiesen a los sofistas de los filósofos.
Es posible que esta ave acompañe a Atenea –a veces esta posada en su cabeza– porque en tiempos antiguos pudo ser una diosa alada, con todo el simbolismo que puede tener.
Atenea y los héroes
Más significativo todavía que su reinado sobre ejércitos y ciudades, son sus vínculos con las personalidades que sobresalen por su vigor. Es la hermana divina, la amiga, la compañera del héroe, en sus acometidas porque su cercanía lo alienta, inspira y hace feliz en el momento oportuno. Los antiguos cantares narran la historia de muchos hombres agraciados de esta manera. Ella es el esplendor del momento claro y vigoroso al que el éxito ha de llegar, como la Niké alada vuela de las manos de la diosa hacia el vencedor con la corona. Ella es la omnipresente cuya palabra, cuyo ojo resplandeciente, halla al héroe en el momento oportuno y lo inspira para el trabajo práctico y viril.
Canciones y obras plásticas la colocan al lado del mejor combatiente. Herakles, Tideo, Aquiles, Odiseo y otros muchos poderosos confían en ella. En el momento de la decisión sienten un divino aliento y a menudo ella está ante sus ojos, en el entusiasmo del mayor riesgo. Anima a sus héroes, levanta su divino brazo y lo increíble acontece; una sonrisa de la diosa saluda al vencedor.
Así señora esperamos tu sonrisa, si salimos vencedoras de esta partida de la vida.
Bibliografía
- Mitos Griegos, Robert Graves. Ed. Alianza
- La Ilíada, Ed. Bruguera
- La Odisea, Homero. Ed. Bruguera
- Filosofía Secreta, Juan Pérez de Moy. Ed. Glosa
- Los Dioses de Grecia, W. Otto. Ed. Universitaria
- Teofanía, W. Otto. Ed. Universitaria
- Mitología del Ajedrez, Francisco L. Cardona. Ed. Olimpo



