Con motivo de la implantación de la inteligencia artificial (IA) a escala masiva en nuestra sociedad, surge el temor de que la IA pueda reemplazar a los humanos, e incluso de que la propia humanidad se encuentre en peligro de extinción, tal como el lector puede comprobar con un simple vistazo a los medios de comunicación. Las preguntas subyacentes son: ¿qué es ser humano? ¿Puede una máquina —nadie duda de que los ordenadores son máquinas— convertirse en humana?

¿Seré una máquina?

Alan Turing, genio matemático y pionero de la informática, se planteó si los ordenadores podrían pensar. Para abordar esa cuestión, propuso el juego de imitación: comprobar si un interrogador podía distinguir, mediante preguntas y respuestas escritas, a una máquina de una persona. El criterio se refería a su comportamiento en la conversación, no a que la máquina se convirtiera en humana.

En este juego no es necesario que la máquina o el humano lo sepan todo, sino que sus respuestas no permitan distinguirlos con facilidad. En su artículo de 1950, Turing predijo que, unos cincuenta años después, un interrogador medio no tendría más de un 70 % de probabilidades de identificarlos correctamente tras cinco minutos de preguntas.

La cuestión es que, con el avance de la capacidad de cómputo y el desarrollo de los grandes modelos de lenguaje (LLM), hoy podemos mantener conversaciones extensas con sistemas de IA. Estos modelos sustentan muchos asistentes conversacionales, aunque no toda la inteligencia artificial se basa en ellos. Así pues, la máquina con la que escribo estas líneas puede dar acceso a respuestas que parecen humanas. Pero ¿basta eso para considerarla humana?

Conviene distinguir el juego de imitación de Turing del experimento de la habitación china de John Searle. Este último cuestiona que manipular símbolos y producir respuestas adecuadas equivalga a comprender su significado. Ninguno de los dos se limita a preguntas cuyas respuestas solo puedan ser «sí» o «no». Que los ordenadores digitales habituales codifiquen la información en bits no significa que sus respuestas deban ser binarias. La pregunta «¿qué es ser humano?» no queda resuelta por un procedimiento que evalúe el comportamiento de una máquina.

Y esa es la clave: el riesgo de reducir nuestra forma de pensar a una formulación simple de preguntas y respuestas, como si todo pudiera resolverse con un «sí» o un «no». Eso podría aislarnos de nuestra verdadera naturaleza y de la corriente de vida que recorre todo el universo. La contaminación física y el sufrimiento psicológico que vemos a nuestro alrededor nos interpelan también sobre nuestra forma de vivir. Es evidente que somos más que máquinas, aunque, si reducimos nuestro pensamiento a respuestas binarias, poco a poco nos transformaremos en ellas.

Javier Ruiz

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.